lunes, 3 de mayo de 2010

¡Pies descalzos en mi casa..., Brandon! (Primera parte)

Brandon Tucker era un chico alto, fornido, atractivo, con el cabello corto y rubio engominado a la moda de modo que los pelos los tenía peinados de punta por la parte de arriba de la cabeza. Aquel día vestía una camiseta azul fuerte de manga corta (de manera que dejaba entrever de forma presuntuosa unos bíceps bien modelados) ajustada al torso plano y musculoso (con las típicas tabletas de deportista clareándose bajo la tela), unos pantalones largos y un poco anchos de color salmón tipo tejanos y calzaba unas zapatillas de deporte blancas Adidas, y con detalles rojos, y calcetines grises. Cuando sonreía, los labios voluptuosos de Brandon Tucker se expandían y dejaban entrever unos dientes extraordinariamente blancos y seductores y sus mejillas también se expandían hacia fuera con la excepción de un pequeño hoyuelo que se contraía graciosamente hacia dentro y de forma atractiva. Sus ojos eran de un azul intenso y ahora los podía ver de cerca mientras me estaba hablando:

-Eh, oye, ya sé que tú y yo no hemos hablado mucho. Me llamo Brandon, por si no lo sabías. Te quiero pedir un favor y si lo crees conveniente, te pagaré, tío. No hay problema.

-¿De…, qué se trata?- le pregunté con el corazón a cien, muy nervioso de que aquel adonis se dignase a hablarme.

Brandon Tucker, entonces, sonrió, como para escudar que estaba en posición de inferioridad pidiéndome un favor. Su hoyuelo se había contraído hacia dentro y al fin podía ver desde primera fila sus dientes blancos y perfectos.

-Verás…, es que estos dos últimos viernes he faltado a clase de diseño y he quedado un poco perdido con el InDesign. Y como tenemos que presentar las páginas de la revista de aquí a tres semanas… Pues bien, me preguntaba si podríamos quedar en las aulas de informática esta tarde y así me das una pequeña clase, para refrescar y aprender aquello que me he perdido- acabó de explicarme finalmente Brandon Tucker.

Era el momento esperado. No me lo podía creer y tenía que aprovechar. Aquel chico tan masculino y seductor con las chicas me estaba pidiendo un favor y…, miré entonces a sus pies, calzados con aquellas zapatillas de deporte Adidas, blancas y con detalles rojos, cruzados y moviéndose de vez en cuando nerviosos –ahora uno y ahora el otro- esperando mi respuesta. Por este cruce de piernas y pies, con el cuerpo derecho, le podía entrever a Brandon Tucker los calcetines grises que le cubrían los tobillos… Ya no lo aguantaba, le tenía que ver aquellos pies masculinos y grandes sin nada, totalmente descalzos.

-¿Qué me dices?- insistió Brandon Tucker viendo que me había quedado totalmente en silencio –Oye, si no te parece bien me lo dices y ya buscaré a otro que me ayude. Es que tengo prisa y he quedado con Giselle, mi chica.

Ya había sacado su actitud de prepotencia aquel Brandon Tucker. Yo sabía que si no había asistido a clase los viernes por la mañana era porque, con su pandilla, había ido a bailar a la discoteca Heaven, hasta la madrugada. Así cualquiera se levanta… Pero bien, no era cuestión de recriminarle nada. No me convenía. Tenía que calmarle su vena prepotente y chulesca, tenerlo bien confiado.

-Por mí de acuerdo… No te cobraría nada… Pero es que esta tarde no estaré en la uni. Tengo que estar en casa porque mis padres no están y esperan al fontanero para que nos arregle la ducha- contesté haciendo cara de lástima e iniciando de esta manera la primera parte de mi plan.

Los ojos de Brandon Tucker miraron al suelo, pero no a sus grandes pies calzados deportivamente, sino al duro e inerte suelo. Se le veía decepcionado, tal y como quería.

-Ah, bien… Si no puede ser… Buscaré a otra persona, mis colegas sabrán decirme quién me puede ayudar. Es que necesito avanzar con las maquetas de la revista- explicó el joven y atractivo Brandon Tucker cuando reaccionó a mi contestación, con una media sonrisa que quería ocultar la decepción por el contratiempo.

Era el momento…, y propuse:

-¿Sabes? Tengo el InDesign en casa, grabado en el ordenador. Si tanta falta te hace podrías venir y allí te enseño.

Brandon Tucker volvía a sonreír ampliamente. No se podía ni imaginar mis intenciones ocultas. Estaba cayendo en la trampa y sin ninguna pausa exclamó:

-¡Perfecto, tío! Dame la dirección y allí estaré. Llevaré unos cds con las páginas de las maquetas guardadas. Casi no he hecho nada, pero será para aprovechar bien el tiempo y avanzar trabajo.

-Me parece buena idea- mentí, detectando que Brandon Tucker tenía la intención de que yo, de paso, le avanzase la faena además de enseñarle a hacerla.

-Hay una cuestión...- comentó de pronto Brandon Tucker, rascándose levemente la oreja derecha con la mano –Hasta las 6 de la tarde no podré ir porque he quedado con mis colegas para jugar un partidillo de básquet. Te diría que vinieras, pero si dices que tienes que esperar al fontanero…

-Sí, claro. Pero no te preocupes, Brandon. A las 6 me parece una buena hora para que vengas- di coba a Brandon Tucker con tal de que así estuviera tranquilo y se confiara.

Los ojos azules de Brandon Tucker se habían iluminado. Él creía que controlaba la situación y que había conseguido sacar provecho de mí. Pero no, era yo quien quería sacar provecho de él…

-¡Tío, me has salvado la vida!- exclamó entonces Brandon Tucker, tan eufórico y contento que puso una de sus fornidas, masculinas y bronceadas manos encima de mi hombro, como muestra de confianza y buen rollo. Yo sabía, en cambio, que si no existiera una necesidad, el chico nunca habría hablado conmigo ni se habría acercado: él, Brandon Tucker, solo salía con gente guay y deportista. Tenía una reputación…


Ya le había dado la dirección y ahora era el momento de pensar en los siguientes pasos de mi plan. Un chico tan atractivo, tan musculoso, tan deportista y popular, tan solicitado y extrovertido con las chicas como era Brandon Tucker… Y además su soberbia: era un gallito pijo que se creía que lo podía conseguir todo… Y ahora era yo el que quería algo de él: disimulando y sin que conociera mis inclinaciones sexuales ni mucho menos mi fetichismo por los pies de chicos. Tenía que pensar muy bien, sí, pensar la manera de hacer que Brandon Tucker se viera obligado a descalzarse en mi casa. Y lo conseguiría, claro, aunque me tuviera que pasar las horas pensando en cómo hacerlo.

Por suerte, no me costó tanto rato como creía. Encontré un plan, sí, pero he de reconocer que era arriesgado y que tanto podía salir bien como mal: ¿Por qué un joven como Brandon Tucker, atractivo, deportista, con el cuerpo bien cuidado, perfumado y cubierto a conciencia para ir a la última moda y ocultar sus imperfecciones humanas, querría quitarse las zapatillas de deporte y quedarse descalzo? ¿Y el paso siguiente…, los calcetines…, lo haría?

Aquella tarde, hacia las 16.30 horas, salí de mi casa a buscar el material que me hacía falta. Además, había escuchado a Brandon Tucker hablar con un amigo y sabía dónde estaba jugando a baloncesto. Con el paquete que había comprado bajo el brazo, me acerqué después, en secreto y disimuladamente, a la pista de baloncesto. Allí estaba Brandon Tucker, sonriendo y llevando la misma ropa de la mañana y el mismo calzado –para mi suerte-, jugando a baloncesto contra un colega mientras que su pandilla, incluida su chica Giselle, miraba. Se ve que los dos gallitos de corral, Brandon Tucker y su amigo, habían hecho una apuesta: quien ganase al otro tendría que invitar a toda la pandilla a chupitos, la semana siguiente cuando fueran el jueves de discoteca. Brandon Tucker le iba refregando todo el rato a gritos, con una media sonrisa, a su colega que él sería quien ganaría.

-Ya verás la paliza que te daré, Chad. Soy el mejor y besarás el suelo. Después, te tendrás que poner los bolsillos del revés para los chupitos- iba haciendo guerra psicológica Brandon Tucker mientras botaba la pelota y se desplazaba por la pista habilidosamente con sus pies calzados con las zapatillas de deporte Adidas blancas y con detalles rojos, y con los calcetines grises.

Chad, ciertamente, no podía contra Brandon Tucker. El joven Brandon Tucker era más rápido y yo estaba disfrutando viéndolo correr y sudando, acertando a canasta una vez y otra, y esquivando todo el rato a su contrincante. Había momentos de tiempo muerto o de descanso. En uno de ellos, Brandon Tucker se acercó corriendo y haciéndose el chulo a su novia Giselle. Entonces, le acarició la cara y después la besó en los labios de manera apasionada. Le había metido la lengua, y por este motivo, cuando el joven Brandon Tucker volvió al centro de la pista, lo hizo masticando el chicle de fresa que instantes antes saboreaba Giselle. Le había sacado el chicle a su chica.

Finalmente, el partido de básquet lo ganó Brandon Tucker, tal y como yo ya había deducido desde un principio. Brandon Tucker era un triunfador, pero yo también tenía que triunfar aquella tarde, y ya faltaba menos. Tenía que darme prisa en irme pero antes, fui testigo de cómo el contrincante de Brandon Tucker tiraba al suelo el pañuelo pirata que llevaba en la cabeza, con furia. Y en aquel instante, con una prepotencia y una agilidad sorprendente, Brandon Tucker –haciéndose el macho dominante- saltó por encima de la espalda del vencido en el momento en que éste se agachaba para recoger de nuevo su pañuelo. Brandon Tucker hizo el salto al potro, abriendo las piernas, y yo, desde la posición en que me encontraba, pude ver bien lo larga y grande que era la suela de la zapatilla de deporte derecha de aquel irresistible Brandon Tucker, la Adidas blanca y con detalles rojos. ¿Qué número de pie hacía Brandon Tucker…, un 46? ¿Un 47? ¡Oh, no podía estarme allí más! Tenía que regresar a casa y prepararlo todo.


El plan consistía en colocar una larga moqueta por la sala de estar-recibidor. Sería un regalo sorpresa para mis padres, pero también me daría a mí un gran regalo, o eso es lo que esperaba. La moqueta era de aquellas peludas y suaves, de color blanco. Una vez colocada, también instalé el ordenador en la sala de estar-recibidor, como si toda la vida hubiese estado allí y no en mi habitación. Así no habría excusa si Brandon Tucker quería quedarse en aquella sala aprendiendo a hacer servir el InDesign. Y ahora, con la moqueta blanca cubriendo toda la sala de estar-recibidor, y lo que me costó mover los sofás…, solo era cuestión de esperar.

Salí al balcón del piso de arriba porque quería ver su llegada, con los pies bien calzados y protegidos de mis perversiones. Y cuando pasaban diez minutos de las 6 de la tarde, ¡plas!, el Mazda MX-5 Escape conducido a gran velocidad por Brandon Tucker irrumpió por la calle. Desde donde yo estaba podía ver a Brandon Tucker con gafas de sol, girando el volante ágilmente y con gracia para aparcar. Lo hacía rápido y con mucha habilidad. También, me fijé en que Brandon Tucker estaba masticando chicle: no sabía si era el que le había quitado a Giselle u otro… Pero ya lo vería, ahora sabía por donde debía empezar y él, Brandon Tucker, me tendría que obedecer. De hecho, Brandon Tucker ya había ejercido de macho dominante demasiado tiempo durante aquel día… Y si se creía que se desprendería de ciertas piezas de su vestimenta en su casa, por la noche, en la intimidad, estaba muy equivocado. Cada vez yo estaba más seguro de eso.

El instante en que Brandon Tucker salió de su lujoso, deportivo y nuevo Mazda fue como el preámbulo de un sueño. Era perfecto: llevaba la misma camiseta de manga corta de color azul fuerte, los mismos pantalones largos tipo tejanos de tonalidad salmón y, sobre todo, las mismas zapatillas de deporte marca Adidas y los mismos calcetines grises. Aquel campeón de Brandon Tucker había llevado todo aquel conjunto durante las clases de la mañana en la universidad, durante el memorable partido de baloncesto y ahora se disponía a llevarlo en mi casa, claro. Pero en mi casa había unas normas…, inventadas por mi mismo. Ya había visto levemente de nuevo los calcetines grises de Brandon Tucker cuando puso una pierna y después la otra fuera del vehículo. Entonces, los pantalones le habían subido un poco por los tobillos durante unos segundos. Yo ya creía que el momento de la verdad se acercaba…, hasta que cuando Brandon Tucker estaba cerrando las cuatro puertas eléctricas de su coche con el mando, una chica pasó por su lado y lo reconoció. El macho Brandon Tucker, entonces, no perdió la oportunidad de besarla en las mejillas, de sonreírle encantadoramente y de darle conversación. Los dos se conocían y estuvieron hablando divertidos durante unos largos cinco minutos. Brandon Tucker reía y reía, de vez en cuando palpaba con afecto a la chica y cuando el asunto del que hablaban era más que divertido, hacía dos o tres pasos hacia atrás para reír más, con estridencia, con sus pies calzados con aquellas zapatillas de deporte Adidas y los calcetines grises. Yo ya estaba padeciendo, muriéndome de ganas de que la conversación acabara. Delante de la chica, Brandon Tucker hacía de vez en cuando malabares con el mando del coche, haciéndolo volar en el aire para cogerlo después habilidosamente con la mano. También, hubo un momento en que se quitó las gafas de sol de los ojos, probablemente para seducir a la chica con sus bonitos y sensuales ojos azules. Todo esto menos dejar de hablar con ella, hasta que pasaron los cinco minutos eternos. Y ya era hora… Una vez despedidos con dos besos más, Brandon Tucker se encaminó con chulería hacia la puerta de mi casa, con toda la vanidad que le había aportado aquel encuentro previo y masticando el chicle. “Prepárate”, pensé a cada paso que hacía en dirección a su destino, a la vez que miraba fijamente a aquellos pies grandes calzados deportivamente con las zapatillas Adidas y los calcetines grises. Y de hecho, yo también llevaba zapatillas, pero no zapatillas de deporte como Brandon Tucker sino zapatillas de ropa, de estar por casa. Aquello formaba parte de mi plan, claro que sí.

De pronto, el timbre de mi casa sonó y mi corazón se puso a cien. Me di prisa en bajar las escaleras, como un desesperado. Por poco tropiezo y caigo con la moqueta que tanto me tendría que ayudar… Era el momento…, me tranquilicé un poco y abrí la puerta con naturalidad. Allí estaba Brandon Tucker, con los brazos cruzados y mirándome con aquellos ojos azules al descubierto, y mascando el chicle.

-¡Hola, pensaba que ya no abrías!- me saludó entonces Brandon Tucker con una actitud más que chulesca, mientras sonreía y hacía un gesto con la pierna para pasar.

El decidido Brandon Tucker se había autoinvitado y ya pisaba parte de la moqueta con aquellas zapatillas de deporte Adidas blancas y con detalles rojos, y con los calcetines ocultos debajo.

-Traigo los cds. ¡Así ya podemos empezar, tío!- prosiguió Brandon Tucker pisando ya de pleno la moqueta con el calzado puesto.

-¡No, espera! ¿Qué haces?- dije en el momento esperado, el inicio de la hora de la verdad.

-¿Qué pasa?- me preguntó Brandon Tucker extrañado y girándose hacia mí con cara de póquer.

Ahora comprobaría la sumisión en privado de Brandon Tucker, cuando se encontraba en casa de otros.

-Mira, Brandon. Me sabe mal decírtelo pero en mi casa tenemos unas normas muy estrictas; con nosotros mismos y con los invitados también…

Brandon Tucker había abierto sus ojos azules como platos y había levantado un poco las cejas rubias con cara de sorpresa, pero sin dejar de masticar el chicle.

-¿De qué estás hablando, tío? ¿Sois de la cábala o una cosa así?- reaccionó al fin con palabras Brandon Tucker, articulando una media sonrisa.

-El chicle- dije para empezar –Lo tendrías que tirar fuera. En casa mis padres me prohíben mascar chicle, a mí y a todo el mundo.

-¿Y tú te dejas mangonear por estas gilipolleces de tus padres?- rió Brandon Tucker haciendo otro paso hacia delante y dándome la espalda.

Entonces, tuve que insistir, llamando su atención haciéndole un toquecito con la mano en su fornida espalda.

-Por favor, ve a fuera y tira el chicle- lo miré con cara seria cuando se me giró.

Brandon Tucker dudó unos segundos, mirándome, pero después observé como desviaba la vista hacia el ordenador. A continuación, el joven Brandon Tucker dio una última masticada al chicle y accedió:

-Está bien, si insistes…

-Sí, y a fuera, por favor- señalé al exterior de la casa.

Brandon Tucker pasó por mi lado mientras yo le contemplaba los pantalones y más debajo: sus zapatillas de deporte Adidas y lo poco que se podía percibir de los calcetines grises con el movimiento. Esperé mientras Brandon Tucker estaba fuera, en el jardín… Quién sabe donde tiró el chicle. La cuestión es que el adonis Brandon Tucker inició el regreso palpándose el bolsillo inferior de los pantalones. Ahí debería llevar los cds. Ya no mascaba el chicle. Yo estaba encantado con el resultado de la primera orden, aunque me había costado más de lo que me había imaginado. Aquel joven y prepotente Brandon Tucker estaba acostumbrado a mandar, a ir de guays y a hacerse el chico independiente. Yo le enseñaría…

Brandon Tucker, entonces, volvió a entrar rápidamente en mi casa con sus pies calzados, como no, con las zapatillas de deporte Adidas blancas y con detalles rojos y con los calcetines grises. No sabía lo que le esperaba. El joven Brandon Tucker hizo medio paso más, yendo directo hacia el ordenador. De nuevo tuve que hablar y ahora sí que era el momento clave:

-Oye, siento decirte que esto no ha acabado. Hay más normas y no quiero problemas con mis padres…

Brandon Tucker se volvió a girar hacia mí con sus labios voluptuosos medio abiertos. Acto seguido habló con tono de fastidio:

-Eh, oye, tus padres no están. ¿Y si tiramos ya y dejamos estas posibles normas…?

-No, no puede ser- dije, ahora sí que clavando la vista sin miedo en los pies de Brandon Tucker, calzados con aquellas amplias zapatillas de deporte Adidas blancas y con detalles rojos.

El joven Brandon Tucker iba moviendo ligeramente el pie derecho, impaciente e incómodo por aquello que estaba viviendo, sin darse cuenta todavía de mis propósitos aunque yo mantenía la mirada fija en sus pies.

-Mira, Brandon- proseguí disfrutando de aquel momento a pesar de que también tenía una sensación de nerviosismo en el estómago –Esta moqueta es nueva y mis padres me matarán si se ensucia. No entramos nunca en casa con los zapatos de calle…

-¿Y qué...? Tus padres no están aquí y no creo que pretendas que yo me quite las bambas…- exclamó más cortante que nunca Brandon Tucker haciendo un gesto para tirar hacia delante, al ordenador.

Paré a Brandon Tucker con la mano.

-¿Qué quieres ahora?- me rugió, algo que me hizo pensar que la cosa iba de bien a peor.

-Por favor, Brandon. Mis padres volverán a casa en cualquier momento y como ves tienen que pasar por esta sala. Yo no llevo zapatos de calle pero tú sí… Por favor, Brandon, quítate las zapatillas de deporte y déjalas aquí en la entrada.

-Eres un tío muy raro. ¿Esto es una broma o qué?- preguntó acto seguido Brandon Tucker, mirándome fijamente sin titubear, con el objetivo de descubrir ni que fuera un intento de carcajada por mi parte.

Yo desvié la mirada de nuevo hacia los pies de Brandon Tucker, haciendo un gesto con la cabeza refiriéndome a las Adidas.

-Brandon, quítate las zapatillas de deporte. Insisto, por favor, si no se nos hará aquí la tarde. ¡Venga, descálzate!

Brandon Tucker me continuaba contemplando con una actitud entre la incredulidad y la mala gana. Pero para mi grata sorpresa hizo un gesto con su fornido brazo hacia abajo, como si se quisiera llegar a los pies.

-Dile a tus padres que la norma ésta es una tontería. Yo he estado jugando a baloncesto y me parece que es peor si me descalzo aquí. Ya sabes, por el peste a pies sudados. Pero en fin…- acabó diciendo Brandon Tucker: aquello era sin duda un triunfo para mí.

Brandon Tucker había levantado ligeramente una pierna a medida que abajaba el brazo. Era el momento…, mi miembro se estaba irguiendo… Brandon Tucker empezó a quitarse la zapatilla de deporte Adidas derecha sin ni siquiera desatársela. Aquello era un sueño, el pie enorme de Brandon Tucker saliendo de la zapatilla de deporte blanca y con detalles rojos, primero el talón y después aquel puente y la punta de los dedos…, entreviéndose la forma entre la tela del calcetín gris. Entonces, no lo pude aguantar. Había un plan…, pero…, ¡a la mierda! Aquello me estaba resultando demasiado complicado y estaba harto. Brandon Tucker era más alto que yo y más fuerte, pero no me importaba. Lo empujé por sorpresa al sofá.

-¿¿Pero…, qué haces??- exclamó Brandon Tucker con sus ojos azules prácticamente saliéndosele de las órbitas.

-Lo siento- dije haciéndome el educado –Pero estás tardando demasiado, Brandon, a descalzarte.

Aproveché el factor sorpresa. Todo aquello seguro que Brandon Tucker no se lo esperaba. Mientras yo pronunciaba aquella frase, mis manos le quitaban del pie la otra zapatilla de deporte a Brandon Tucker. Tal y como tenía colocadas las piernas, podía ver perfectamente la forma de las plantas de los pies de Brandon Tucker, protegidas todavía por los calcetines grises, sudados. Brandon Tucker tenía unos pies largos, pero a la vez algo anchos –al fin y al cabo era un hombre, y musculoso- con unos dedos largos y amplios que se entremarcaban bajo los calcetines grises: sobre todo los dedos gordos de ambos pies… y lo acababa de descubrir entonces… Yo sabía que no podría mantener mucho rato más quieto a Brandon Tucker, pero el factor sorpresa todavía estaba vigente y…

-¡¡Vamos, Brandon Tucker, en mi casa los calcetines también fuera!!- y exclamando esto, de una revolada tuve un verdadero tesoro.

Brandon Tucker empezaba a dar patadas furioso cuando le agarré los tobillos y le quité los calcetines grises, el uno detrás del otro.

-¿Qué significa esto? ¡¡¡Marica de mierda!!! ¿¿¿QUÉ ESTÁS HACIENDO???- se comenzaba a dar cuenta Brandon Tucker de la situación.

Mis ojos ya habían visto el objeto deseado, aunque fuera durante unos segundos (de momento): Brandon Tucker con los pies descalzos. Aquellos pies desnudos de Brandon Tucker, sin zapatillas de deporte ni calcetines, olían, sí, oooh… Pero sobre todo, los pies descalzos de Brandon Tucker eran enormes y bonitos: conservaban la tonalidad bronceada de todo el cuerpo en general que lucía el chico, pero eran más pálidos, claro, por el tiempo que se mantenían escondidos. Además, las plantas de los pies de Brandon Tucker, lo más visible para mí en aquel momento, eran casi perfectas, sin casi pellejos colgando, aunque se empezaban a formar algunos prácticamente a la altura del inicio de los dedos, que se comenzaban a mover nerviosos. Brandon Tucker estaba empezando a cambiar la piel, al parecer, de las plantas de los pies, ¡je, je! ¡Y qué color más rosado que tenían las plantas de los pies, tan suaves, de Brandon Tucker! Puse un dedo de mi mano para tocar la planta blanda del pie derecho, suave a pesar de los incipientes pellejos, y le dije riendo:

-¡Tienes un pizquito de hilo de calcetín en la planta de este pie, Brandon!

Se lo quité, a pesar de que me parece que era un trozo de los pellejitos que se le estaban formando en la planta desnuda de aquel pie derecho al joven Brandon Tucker. Me lo metí en la boca, aquella especie de pellejito, y entonces Brandon Tucker consiguió librarse del todo de mis manos y pudo mover los pies desnudos para subirlos encima del sofá, permitiéndome así ver la parte superior de esos pies. Brandon Tucker verdaderamente tenía unos dedos de los pies largos, bien formados, y a la vez con cierto grosor, y tenía unas venas muy marcadas, haciendo así de estos pies algo poderoso y típicamente masculino, igual que los cuatro pelos rubios de encima de cada dedo del pie; y sobre todo, Brandon Tucker tenía unas uñas de los pies cortas –y cortadas de forma cuadrada para que no se le clavaran en la carne, según observé (chico listo)- y bien cuidadas, bien resplandecientes en su color natural. Brandon Tucker, además, tenía una pequeña peca muy característica en la parte superior, y al centro, del pie izquierdo. Pero vasta…, porque Brandon Tucker se había levantado encima del sofá, derecho, para después poner un pie descalzo en el suelo, con una oscura intención mientras su cara enrojecía de furia, odio e incredulidad. Sin duda, Brandon Tucker me quería atacar y por eso gritó:

-¡¡Ahora verás, marica de mierda!! ¡¡Pagarás por esto, te daré una paliza y te acordarás toda la vida!!

Brandon Tucker levantó el puño y contemplé como estaba muy sexy allí, derecho, ya con los dos pies descalzos pisando el suelo enmoquetado y con los dedos de esos pies largos y varoniles medio saliendo por debajo de los pantalones, demasiado grandes sin las zapatillas de deporte Adidas. Realmente yo me sentía amenazado por Brandon Tucker y disimuladamente cogí un trofeo muy pesado de mi padre, de jugar a billar, su gran afición.

-¿¿Qué te ha pasado por la cabeza para verte con el derecho de quitarme las zapatillas de deporte y los calcetines?? Esto no es cosa de tus padres, noo… No me puedo ni creer que me esté pasando esto… Te he visto cómo me miras los pies descalzos, marica asqueroso…, ¡¡¡y lo que has hecho con esos pellejos que me has arrancado, puto friky…!!!- pronunció Brandon Tucker estas palabras mientras ya dirigía su poderoso puño hacia mi cara, con la boca medio abierta y con sus dientes blancos bien apretados, casi rechinando de la rabia.

Me dejé pegar, porque quería tener un recuerdo. Pero luego me medio levanté dolorido y todavía escondiendo mi arma. Brandon Tucker se acercó para pegarme otra vez y supe que mi cuerpo no aguantaría y que era ahora o nunca. Miré a sus enfurecidos ojos azules, a su bonita cara constreñida de rabia y…¡pum! Me acabé de levantar del todo del suelo dándole con mi cabeza en su barbilla. Entonces, Brandon Tucker dio unos pasos atrás sorprendido, contrayendo a la vez los dedos de sus pies descalzos y haciendo que sus uñas tocasen de pleno la moqueta blanca. Acto seguido, dejé al descubierto el enorme trofeo y con él le propiné a Brandon Tucker un golpe brutal en la cabeza…, bien encima de la cabeza para no desfigurarle su bella cara. La sangre empezaba a salir cuando ya Brandon Tucker había caído ante mí de rodillas, durante unas milésimas de segundo, para después dejar que su cuerpo entero se precipitara y cayera de bruces sobre la moqueta. Los ojos azules de Brandon Tucker me miraron antes de que quedaran en blanco en un principio y después se cerrasen gracias a la presión de los párpados. De aquella manera, Brandon Tucker quedó tumbado panza abajo. Ahora, Brandon Tucker era mío, sus pies descalzos eran míos, sus zapatillas de deporte Adidas blancas y con detalles rojos –del número 47, tal y como comprobé por fin- eran mías y sus calcetines grises también eran míos. Los cds de Brandon Tucker, por descontado, eran míos… y ya no los haría servir porque me ocupé de romperlos.

No me lo podía creer, el cuerpo inconsciente de Brandon Tucker estaba tumbado allí, sobre la moqueta blanca de mi sala de estar-recibidor. La sangre que le caía por la cabeza, entre su pelo rubio de punta, comenzaba a manchar aquello que ya no sería un regalo para mis padres: lo tendría que tirar.

Pero no perdí más el tiempo con lamentos. Recogí las zapatillas de deporte Adidas blancas y con detalles rojos y los calcetines grises de Brandon Tucker y lo esnifé todo, oliendo a fondo el peste a pies. Aquello era la gloria. A continuación me dirigí al cuerpo de Brandon Tucker y me agaché: seguía sin creérmelo, ahora sus enormes pies descalzos eran míos y solo míos. De nadie más, ni de Giselle, que seguro que nunca los había tenido tan cerca como yo los tenía ahora. Porque sí, al agacharme me arrastré hasta tocar con mi nariz las plantas de los pies descalzos de Brandon Tucker, blandas, malolientes de sudor y más arrugadas que nunca por la forma como él, Brandon Tucker, el que parecía invencible, había caído al suelo, ¡y de bruces! Aquel olor a pies sudados era embriagador y no podía dejar de esnifarle las plantas de los pies al indefenso Brandon Tucker, sin conciencia. Entonces, con las manos, le levanté a Brandon Tucker primero el pie derecho desnudo y después el pie izquierdo desnudo, luego el derecho otra vez, el izquierdo otra vez…, dando en esos instantes un paso más…, o dos. Me tocó probar…, y por lo tanto, pasé mi lengua por las plantas de los pies descalzos de Brandon Tucker, saboreando la salinidad de su piel blandita y rosada. Después me puse los dedos gordos de los pies descalzos de Brandon Tucker en la boca, lavándolos bien con la lengua y rascándoles los contornos cuadrados de las uñas. De esta manera, mi lengua mojada disfrutó también de cosquillas, a costa de los pies desnudos de Brandon Tucker, el chico chulo y atractivo que le fue a pedir ayuda a un casi desconocido para aprovecharse de él…

CONTINUARÁ...

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